lunes, abril 25, 2005

Dormidos en el Tiempo

Qué importa lo que seamos tú y yo, si hoy nos dormimos mientras observábamos el devenir de los tiempos.

Siento frío y es tu cuerpo quien acalora mi cuerpo. Siento hambre y es tu sangre la que alimenta mis venas. Y que importa lo que seamos tú y yo si mañana despertaremos y el tiempo no será el mismo.

Sentiré frío y tu cuerpo no tendrá calor. Sentiré hambre y tu sangre habrá acabado. Nuestras razones serán poco importantes entonces cuando el tiempo sea otro y estemos suspendidos entre dos épocas que desconocemos y que nos molestan.

Y quizá sus ideas nos aburran, las ideas de estos años que detuvieron nuestra andanza.
Lo que sucede es que el tiempo se volvió un tema recurrente en nuestras palabras y todo porque un día nos dormimos mientras hablábamos de tiempos inmemoriales y ese mismo tiempo se volvió loco a nuestra espalda.

viernes, abril 22, 2005

Desencuentro

Qué alguien me explique por qué nadie me advirtió que tú y yo no seríamos parte de algunos juegos eróticos. Y que este intento de historia sería tan corto y desilusionante. De haberlo sabido, no habría vivido aquel instante que parece desfilar frente a mí, inadvertido, sin que el tiempo se percate de su existencia.

Y ahí estábamos los dos, desnudos sobre una cama que antes había recibido a un centenar de amantes de seguro mucho más apasionados que nosotros, en un cuartucho hediondo cuya única cualidad era generar en mí la idea de los actos más obscenos de la historia. Veníamos de un par de encuentros furtivos, cual de todos menos excitante que el anterior y que terminaron por convencernos –o más bien, convencerme- que las cosas no iban a resultar.

Entonces la frase resultó bastante natural después de intentar hacer el amor sin conseguirlo, si es que se puede llamar a eso hacer el amor, porque no le alcanzaba ni para el apelativo de sexo. La cama suena, el condón es muy chico (¿o muy grande?), la ducha tiene una gotera y tu olor me parece desagradable, pegajoso y se me antoja que la piel se me impregnará de él y tendré que darme una ducha de varias horas para quitar esta repugnante capa invisible que se cuelga de mi cuello y lo abraza como una serpiente intentado sofocar a su víctima.

Fue inevitable cuando entre el suspiro, el sueño y la frustración las palabras saltaron, se agolparon entre la garganta y la lengua, se desfiguraron primero para adquirir la figura particular del desencantamiento, y salieron primero como calladas frases dichas entre labios, los mismos labios que hace un minuto besaban una boca que en el fondo disgustaba, con una lengua excesivamente regordeta y babosa. Las letras salieron primero como un susurro, tomaron personalidad propia, se juntaron en palabras inteligibles y saltaron exiguas por entre mis dientes... No va a resultar...

- ¿Qué dijiste?
- Nada...
- No, dijiste algo...
- Que no va a resultar...
- ¿qué cosa?

¿Qué cosa? ¿Cómo no vas a entender qué cosa? ¿Acaso estoy sola en este cuarto o sólo a mí me pareció uno de los actos más intrascendentes de toda la existencia humana? Hay cosas que simplemente no entiendo: toda la historia es testigo de uno de los momentos más absurdos desde la creación del hombre y a ti te sigue pareciendo algo digno de repetición... ¿y que hay de mí?...

Y vino esa imagen incongruente de dos personas que después del encuentro ni siquiera se miran, se despiden con un beso que apenas roza la mejilla, cansados de tantos tropiezos que no llevan a nada. De seguro si existe Dios y mira el cuadro pensará que tan patética foto no se cataloga en el pecado, porque el pecado necesita de deseo, de gozo, de lujuria, y en este caso ninguno de esos tres sentimientos había tocado esta alcoba, al menos no durante el par de horas que decidimos utilizarla.

Me fui a casa. En el trayecto no pude dejar de comprobar que efectivamente tu olor se había pegado a mi cuello y salía como aprisionándome, como queriendo recordarme a cada segundo que no estaba hecha para esto. Cuando llegué, tal como me lo imaginé cuando tu boca recorría los lugares más recónditos de mi cuerpo –esos que en otra circunstancia y con otra persona simplemente me hacen perder el sentido-, abrí la llave de la ducha para que el agua recorriera los mismos centímetros de piel que antes tus dedos habían dibujado torpemente intentado convencerme que el encuentro valía la pena, para que el agua me liberara de esa anaconda invisible a punto de abrir su boca para comenzar a tragar mi cabeza.

Y finalmente me dormí, con la luz prendida para evitar que las penumbras me llevaran nuevamente a ese lugar que desde mañana borraré de mi memoria para seguir con la rutina. De seguro mañana tú ya no serás tú y al hablar de nosotros no estarás incluido en el cuento.


lunes, abril 18, 2005

Mi silueta parada en tu dintel

Verás mi silueta parada en tu dintel.

Verás que desde la penumbra de la noche mis labios te sonríen y mis ojos iluminan tu regazo.
Pensarás entonces que he ido a visitarte y tus miedos turbarán tu memoria. No recordarás mi nombre, no recordarás mi cara, sólo sentirás nuevamente el calor de mi cuerpo pegado a tu espalda, el olor de mis labios en tu cuello, el sabor de mis muslos en tus manos.

Me buscarás en tu recuerdo y sólo tendrás evocaciones de una noche pasajera. Sin luces, el cuarto no repetirá mis voces. Sin luces, las sábanas no prodigarán mis caricias. Sin luces, las paredes no disiparán mis palabras de ti memoria.

Verás mi silueta parada en tu dintel.

Buscarás entre tus mujeres a cual de todas pertenece esa silueta que te sonríe desde un lóbrego rincón. No entenderás el vacío que deja esa silueta en tu aliento. No entenderás el desamparo que deja la ausencia de mi ausencia en tus noches de abandono, en tu vida de forastero errante y anacoreta.

Me buscarás y sólo encontrarás una silueta parada en tu dintel. Seguirás buscando y ya no habrá nada. Vacío. Espanto. Miedo. La certeza de haber perdido algo… y ni siquiera darse cuenta de ese paso.

domingo, abril 17, 2005

Fuego

Sé que no me creen, nunca nadie lo hace. Ayer, por ejemplo, cuando salí de la casa corriendo, con la camisa desgarrada y colgando por los hombros, exhausto, sudando frío y atemorizado, todos creyeron que yo había hecho algo, que intentaba huir de mi crimen... ¡Yo! Cuando sólo trataba de escapar de la desgracia... y de ella.

Sí, la casa era de dos piso. Tenía un lindo living color marrón. A ella le gustaba el marrón, decía que no se ensuciaba. Todo en esa casa era como ella: el pasillo siempre limpio, la fachada siempre pintada, esas paredes blancas sin una mancha. Todo en esa casa se parecía a ella, siempre tan perfecta, siempre mostrándole al mundo su belleza, la perfección de su casa y su familia... Ella quería ser perfecta y que yo lo fuera también.

Entiendo que mi declaración es confusa. Usted me pregunta porque no vine antes, porque no pedí ayuda. ¡Para qué! Si nadie me creía. De hecho, vine una vez, hace como tres meses, y usted mismo me dijo -entre sonrisitas burlescas- que no me preocupara, que ya iba a pasar... ¿No lo recuerda? Ese día yo traía una marca en la espalda... la plancha caliente... ¡Ah! Ve que ya recordó... Entonces sus ojos parecían reírse y supongo que eso hizo cuando me fui... veo que no hace lo mismo ahora...

En fin, anoche fue como todas las noches. Yo nunca sabía que podía pasar. El ciclo siempre era el mismo: primero lloraba, pedía disculpas, que me pusiera en su lugar, prometiendo que nunca más sucedería; luego se ponía irascible, cualquier cosa era pretexto para insultarme; de ahí a las ollas, las lámparas o los sartenes voladores no había mucho, bastaba que yo la mirara y listo. Es que ella era así, siempre tan predecible y tan sorpresiva a la vez.

Bueno, como le decía, esa noche salté por la ventana -que por suerte estaba abierta- y corrí por el jardín. Quería esquivar un jarrón que se me venía encima. Supongo que entonces, esperándome, se quedó dormida.

Estaba enojada, bastante más enojada que las otras veces. Poco antes había dicho que no cocinaría, que nunca más haría nada de “sus labores de esposa”. No sé porqué esta vez si le creí. Su tono era mucho más convincente que las otras peleas.

Así que me fui, no quería verla, sabía bien que cuando despertara sería otra vez lo mismo: las disculpas, los llantos y las promesas... y yo que nunca pude resistir sus ojos negros llenos de lágrimas ni su sonrisa amarga intentando conquistarme, logrando que me sintiera culpable de todo.

Pero en la noche no resistí más y entré a hurtadillas. Me sentía cansado y en el fondo la extrañaba a ella, a la casa, a los llantos y a la reconciliación... Usted sabe, lo mejor siempre son las reconciliaciones.

La encontré borracha en el sillón grande -sí, el sillón marrón-, dormida de tanto beber, pero siempre tan bella con su cara blanca y ese pelo ondulante calléndole por los hombros como un río de petróleo. Parecía una muñequita de loza: perfectamente hermosa y con una actitud diabólica.

Estaba sin conocimiento, así que cerré las ventanas y las puertas, incluso me di el trabajo de sellar las rendijas con papel.

Usted sabe, las llaves del gas suelen quedar abiertas... ¡No! Claro que no fui yo. Pudo ser una fuga o la manguera de la cocina mal puesta... Es que la habíamos comprado hace poco porque a ella no le gustaba el color de la otra.

¿El fósforo? ¡No! Eso fue un mero accidente... Soy un vicioso, lo acepto... No fui yo... Yo sólo quería fumarme un cigarro para celebrar la libertad...

sábado, abril 16, 2005

En mis pupilas

Te verás reflejado en mis pupilas y te gustará lo que veas.

Descubrirás que en ningún otro ojo tu imagen se verá como en el mío, y entonces será tarde para seguir mirándose en ese espejo.

Dirigirás tus miradas al infinito, en constante búsqueda de la imagen que viste en mis ojos. La buscarás en sus ojos, en tus ojos, en millones de ojos. Más no encontrarás en ninguno el reflejo de tu reflejo en mis pupilas, y por más que mires al firmamento, no encontrarás el brillo de las estrellas puesto en tus mejillas, porque ese es un regalo que sólo verás cuando mires a través de mi mirada.

No compartiremos noches, ni madrugadas, ni amaneceres privados de espanto. Los fantasmas ya no vendrán a visitarnos por las noches para darnos suerte en nuestro viaje de amantes furtivos.

No te volverás a ver reflejado en mis pupilas y no te gustará lo veas en otras pupilas.

No me volveré a ver reflejada en tus pupilas y no me gustará no verlas en tus ojos de animal errante por el tiempo.



viernes, abril 15, 2005

Vida cotidiana

Se levantó de la cama, se vistió rápido, comenzó las labores de la casa.

Limpió la cocina, preparó el almuerzo, aseó los dormitorios, restregó el baño, pasó la escoba y el plumero por el resto de las habitaciones.

Cerca de las cuatro volvió a pensar en la comida. La dejó preparada y ahí estaba, fría, algo triste. Se sentó en la mesa, miró su plato, un plato frío, alzó su copa, una copa vacía, y brindó y comió con nadie, si pena ni alegría.

A las cinco comenzó la ducha, se lavó y se peinó bien, se cambió toda la ropa, se puso el sayo de arpillera blanca, que era muy grueso y bastante áspero.

Cerca de las seis llegó la partera, revisó la cama, hirvió el agua y llenó de sábanas blancas todo lo que se veía.

A las seis en punto, María no tuvo un hijo.

Para cuando llegó su marido a las siete, el hijo ya estaba vestido y listo para el entierro, ella de pie a un costado de la mesa.

La comida caliente, la copa llena, el alma de piedra por que quito hijo muerto. De las sábanas blancas no quedó nada, ni siquiera se habló de ellas.


jueves, abril 14, 2005

Sueño 1

Por la noche, cuando tu cabeza se pose sobre la almohada, cuando tus ojos se cierren y comiences a caminar por tus sueños, mi reflejo se posará sobre tus párpados cansados.
Seré sólo un sueño y no entenderás por qué aparezco en tu memoria, sin permiso, sin apremios, sin consentimiento previo.
Por la noche, cuando camines rumbo a la nada, con la cabeza gacha, buscando en el pavimento vestigios de bermejos cabellos eternizados en ideales románticos e infantiles, verás sólo hebras oscuras guiando tus pasos con paciente sabiduría hacia una senda donde el placer no duele, donde el sentir no es pecado, donde el amar es sólo otro más de los pasajes de la historia.
Seré pesadilla entonces, porque no entenderás de dónde surgen esas dudas que apremian tu evidencia de aliado sin condiciones, tu certeza de amante constante, tu convicción de espera paciente.
Por las noches, soñaré que las caricias no son pasajeras, y mi sueño penetrará tu sueño, y apareceré descalza sobre las arenas de aquel mito que pone recebos en tus ojos para hacerte dormitar hasta la mañana.
Será fantasía ese sueño y no estarás aquí por las mañanas. Porque yo no seré Ella, tú no serás Él, nunca seremos Nosotros mientras sigas perdido en las tinieblas del insomnio, mientras sigas atado al madero que lleva al lobo vestido de espanto.

"Los Sueños de José" de Susana Poblete.