jueves, marzo 31, 2005

Manifiesto

El mundo está sobre una escalera negra. Nadie sabe si sube o baja. Nadie sabe si rueda o rebota. No sabemos cuando vamos arriba y cuando abajo. Decía Mafalda que los sudamericanos éramos sub desarrollados porque estábamos de cabeza. Pero, ¿quién nos asegura que ese es el orden verdadero? ¿quién dice que en realidad arriba es lo correcto? ¿quién puede afirmar que en verdad arriba es realmente arriba?

No sabemos bien para qué llegamos a este mundo posado sobre una escalera negra. La incertidumbre nos determina, somos víctimas de un determinismo al que buscamos oponernos con teorías filosóficas sobre la evolución, el libre albedrío o la imposición de la moda. El determinismo nos ataca a modo de "planes de vida", tendencias de la moda o imposiciones sociales que consentimos por cumplir, por ser aceptados.
Decía Zulypanta que hoy es imposible simplemente ser sin tener una etiqueta. Punkies, trasher, emos, electrónicos, anarkistas. Simples etiquetas para sentir que somos parte de algo sumidos en una sociedad que nos determina a carecer de expectativas, que nos castiga por cuestionar el orden, que nos limita para ser parte de ella.

Incluso las tribus urbanas que viven al soslayo de lo socialmente aceptado se ven en la obligación de aceptar el orden para contraponérsele y vivir así a su manera.
En este contexto, los desequilibrios sociales acumulan descontento. Las masas han hablado en otros lugares de Latinoamérica y nosotros nos mantuvimos ajenos, nos informamos por TV. ¿Qué pasa cuando los medios analizan la violencia de los jóvenes, catalogándola de vandalismo o delincuencia? ¿Cuál de los supuestos líderes de opinión cuestiona entonces qué responsabilidad nos cabe para generar en nuestros jóvenes tal grado de descontento que deben destruir para sentirse escuchados, para sentir que son parte de algo?

Manifiesto que ya no creo en nada. Manifiesto que busco recuperar al hombre por el hombre, a la mujer por la mujer, a la persona por la persona. Manifiesto que creeré sólo cuando el respeto del otro como legítimo otro sea Ley Divina. Por ahora, sólo queda manifestar.

sábado, marzo 26, 2005

Sólo Gabriela podría posar ahí... yo no, sería demasiada mi vergüenza...
Mía

Más que dos

Abrí los ojos y lo vi ahí, a mi lado, tendido desnudo sobre la cama, lejos, muy lejos de mí para una cama tan pequeña. Dormía plácido y mientras mis ojos recorrían sus facciones, esa nariz casi perfecta, pensé: “otra vez volví a hacer lo mismo”.

El frío me había despertado. Cuando miré alrededor no reconocí absolutamente nada. No era mi cuarto. ¡Maldita sea! Ahora me toca esperar que despierte para irme. No quiero conversar con nadie, no en este momento… no veo mi ropa por ninguna parte y estoy en un cuarto que no recuerdo, quien sabe en que punto de la ciudad. ¿Cómo vine a dar aquí?

Por el sabor de mi boca, puedo jurar que no he bebido. Sólo fumé uno o dos cigarrillos, de eso estoy segura. Nunca más de una copa de vino, porque la cabeza no me duele y cuando bebo más que eso la resaca me asegura una jaqueca de varios días. No, anoche no bebí. No entiendo entonces como llegué hasta aquí y estoy tendida al lado de este hombre de facciones casi perfectas, que duerme con cara sonriente, con la mejor de todas las expresiones de satisfacción.

Piensa… Piensa… anoche… venías de pantalones negros, polera gris y chaqueta negra, también… un pañuelo de flores en el tono. Ya está, desde aquí veo mis pantalones, mi blusa y mis zapatos… eso basta para irme…

Al incorporarme en la cama, escuché su respiración profunda. No debe haber sido tan mala la última noche. Con esa cara tan angelical, puedo entender porqué vine, aunque no lo recuerde.

Mientras me visto, oigo voces afuera, pasos, como si mucha gente caminara detrás de esa puerta. Pero abro la puerta y no veo nada, sólo un enorme pasillo blanco con muchas puertas a los costados.

Comienzo a caminar y dos hombres de blanco me toman de los hombros y me llevan a un cuarto igual al mío. El muchacho de la cama entra tras de ellos. Pregunta por una Gabriela que se supone soy yo. No, le digo, yo soy Ana. Entonces me pide que llame a Gabriela, que quiere volver a hablar con ella.

No, doctor, le vuelvo a repetir. Yo soy Ana, no recuerdo a Gabriela, sólo recuerdo que hace unos minutos usted dormía en otro cuarto a mi lado. Claro, en ese momento no recordaba que era usted doctor. Aunque ahora que lo pienso, quizás Gabriela esté por aquí, detrás de alguna de las otras puertas del pasillo blanco.

Entonces vuelvo a dormir, o más bien, a sentir que me sacan de mi cuerpo y me veo como desde el cielo. Oigo todo desde lejos, como si estuviera soñando. Entonces veo ese cuerpo, mi cuerpo, con una expresión diferente en la cara. Oigo que esa mujer asegura ser Gabriela. El doctor dice a los otros dos que se vayan, que los dejen solos, que tiene que continuar con la terapia. “Ya saben, las personalidades múltiples son difíciles de tratar”.

Se acerca a ella, le quita la blusa. Ella responde quitándole la bata blanca. Y la historia continua justo antes de que yo despertara, abriera los ojos y le viera allí, a mi lado, tendido desnudo sobre la cama, lejos, muy lejos de mí para una cama tan pequeña.

miércoles, marzo 23, 2005

Las Polillas

Qué más basta decir, salvo que lo he perdido todo. No es que tuviese mucho, pero si me queda claro, después de tanta verborrea cíclica y paulatina, que lo he perdido todo. O quizás sea que sólo he alcanzado nada.

Como partió. Recuerdo un techo mal pintado, deslucido. Tablas recubiertas de papel que retienen esas pequeñas pelotitas color café que dejan las polillas cuando comen la madera. Por ahí partió todo, por esas pelotitas diminutas que cada noche estaban sobre la cama cuando nos íbamos a dormir.

Quién iba a pensar que las pelotitas fuesen capaces de provocar una crisis matrimonial a menos de dos meses de casados. Yo dije, no es bueno casarnos, pero para cuando terminé la frase, la fecha ya la habían fijado mi padre y mi futuro marido. Y ya no quedó otra que entrar al altar con un vestido color marfil. Cinismo puro… yo no era virgen ni él mi primer hombre… aunque él así lo creía.

Pero estábamos en las pelotitas que dejan las polillas. Todas las noches, antes de dormir, había un pequeño montón de pelotitas justo en mi lado de la cama. Confabulación, hasta las polillas se oponían a mi testaruda decisión de seguir con este matrimonio de mentiras. Porque yo trabajaba igual que él, hasta me quedaba más tiempo en la oficina para no llegar y descubrir que ahí estaba el montículo de pelotitas café, diminuta forma de minar mi disposición a construir un “proyecto mutuo”, como le llaman al matrimonio… y eso que yo nunca quise casarme, sólo hice lo socialmente aceptado.

Y cada noche los vestigios de las polillas me comprobaban que esos insectos se comían mi techo y acababan con mi tolerancia. Claro, porque en su lado de la cama no había rastros de polillas y entonces él se limitaba a tirar hacia atrás las frazadas y dormir. A mí, que me comieran las polillas o que sus “regalitos” no me dejaran dormir. Nada de sacudir la cama, porque eso provoca ruido y despierta al hombre de la casa. Entonces el problema podría ser mayúsculo y generar una dinámica de violencia que nadie sabría donde termina.

El sacrificio del matrimonio. Yo tenía un buen trabajo, un departamento pequeño, pero agradable, un buen grupo de amigos y un novio eterno al que no le pedía mucho a cambio de no dar mucho tampoco. Entonces el novio se junta con el padre, y la vida de la novia a la basura. Y así lo perdí todo: el trabajo ya no fue más entretenido, los amigos se fueron porque ahora tenía marido, el departamento era demasiado chico para dos personas y el novio ahora es marido, no habla porque la comunicación y el galanteo no se aplican al matrimonio. Mientras tanto, yo recojo con cuidado los rastros de polillas a mi lado de la cama y lo voy dejando en una bolsa bajo el mismo lado de mi cama, cada noche, irrelevante e infranqueablemente, durante estos dos meses.

No creerían lo mucho que se junta en dos meses de no hablar por las noches por estar retirando pelotitas cafés de tu lado de la cama. Sacos de esa materia que parecen granos de arena pero más grandes, madera digerida, supongo. Y lo peor, la materia es directamente proporcional a la disconformidad que produce el casarte por hacer lo socialmente aceptado.

Entonces, cuando el marido apaga la luz en mitad de tu ritual de aspirado porque no lo dejas dormir, resulta casi normal reaccionar metiendo su cabeza en el saco de regalos de las polillas… y cuando las compañeras de celda se ríen del incidente, resulta casi un milagro que nuevamente las polillas vuelvan a anidar sobre tu cama.

viernes, marzo 18, 2005

Hasta el cansancio

Y pensar que, después de tantos años, tú y yo no logramos ser buenos, ni siquiera por carta. Y que después de tanto intento, la vida nos hizo creer que había más oportunidades sólo para reírse un poco más a costa nuestra. Y aún así descubrir que en este viaje, Cristóbal y yo fuimos siempre pasajeros de la mejor clase: incapaces de arriesgar, pero siempre en despedidas elegantes.

Es que sin importar cuan esporádicos y distantes fueron nuestros encuentros, terminamos por extender esos momentos a varios años de nuestras vidas. Y ahora, que esa vida se atraganta a carcajadas, sería interesante recorrer con la misma energía los adoquines de nuestra historia.

Porque fuese en una playa solitaria, sobre mi auto destartalado o en el calor de su cuarto, Cristóbal tuvo siempre la cualidad de reparar mi alma… y de destruirla con la misma facilidad con la que armaba el rompecabezas.

Desde esas primeras palabras, interrumpiendo una conversación ajena, para darme ánimos luego de una ruptura que hoy apenas y recuerdo como un “me obligas a hacer cosas que van en contra de mi moral”, las de Cristóbal fueron siempre miradas y sonrisas capaces de mejorar el más oscuro de mis días. Hasta esta última llamada en que me dices que sí, que tarde o temprano terminarás estabilizando tu relación con esa “ella” de quién te he prohibido darme el nombre, cada una de las veces que oí tu vos fue para abarcar los instantes de felicidad que recuerdo en mi existencia.

Tirada en esta cama que alguna vez compartimos, la misma donde me dijiste te amo mientras hacíamos el amor tras meses sin vernos, trato de recordar dónde fue que partió toda esta historia. Siempre que preguntan digo “la Universidad”, pero la verdad es que pasé cuatro años y nueve meses dentro de ella sin saber si quiera que existías.

Era cambio de siglo y la moda era la despedida del nuevo milenio. El temor a un hecatombe cibernético y los recuerdos de cien años de historia teñían el ambiente y yo, con mi propia historia a cuestas, me encerraba en tareas universitarias para perder por momentos la certeza de que sería por siempre una mujer sola. Absurdo recordarlo y descubrir, tantos años más tarde, que se trataba de una certeza fundada, y que aún después de amarte hasta el cansancio, no fuiste capaz de visualizar de qué se trataba todo esto.

Cristóbal tan amado, tan odiado y tan amado otra vez. ¿Cuántas veces te escribí mil cartas que nunca envié por temor a alejarte aún más en mis intentos por lograr de ti esa oportunidad de amarte?

Pero no estábamos en esa parte de la historia, sino en el comienzo. En ese, mi último año de universidad, la locura del final y ese tonto evento que alguien propuso como legado generacional. Y yo a cargo de la organización con el sólo objetivo de perder la certeza de que sería por siempre una mujer sola.

Era una reunión para decidir quien animaba. Una escuela pequeña, no más de 300 alumnos, y alguien me nombra a Cristóbal Cordero.

-¿Quién es ese? No, no lo conozco.
- Pero Gabriela, si lo has visto, el moreno de barba que es amigo de Fernando de cuarto año.
- Descríbelo mejor, que no sé de quien me hablas.
- Un poco más alto que tú, moreno, ojos café, muy callado.
- Ha de ser invisible, porque en cinco años de universidad no lo he visto nunca.
- Cuatro, porque entró un año después que nosotros.
- Cómo sea, el caso es que hay que decidir quien va a animar de su generación y no tenemos tiempo para perderlo en esto y yo no tengo la más mínima idea de quién me están hablando.
- Entonces lo ponemos en la lista.
- Si ustedes dicen que está bien, pónganlo donde sea… pero avísenle de la reunión del miércoles. Qué no falte, porque ensayan ese día. Yo los recibo y después me voy a editar. ¿Te parece?
- Perfecto, porque tienes que terminar la edición de los trabajos de Comunicación Audiovisual. A, Gabriela, de los cinco trabajos seleccionados tres son de Cristóbal.
- ¡¿me están molestando, cierto?! ¿¡Quién es ese tipo?!

En esta parte la historia se vuelve confusa. Salvo por el detalle de la bienvenida de ese miércoles y yo parada frente a este pequeño grupo de unas ocho personas y esa cara mirándome fijo desde un rincón de la sala. Esos ojos, oscuros, penetrantes, como si fuesen capaces de leer en lo más profundo de mi alma y yo desconcentrándome sin poder hablar un par de segundos.

Finalmente, el día del evento logré ponerle cara a tu nombre. Quien sabe, podría resultar obvio para algunos y sorpresivo para otros, pero ese nombre no fue otro que el de los ojos oscuros que me sonreían desde el fondo del aula unos días antes.

¿Por qué si olvido partes importantes de la historia puedo recordar detalles sin importancia como si fuera hace un instante que te vi caminando sólo mientras todos celebraban, sentado luego en una banca lejana, con esos ojos penetrantes totalmente nublados de tristeza? Y atreverme a hablarte fue toda una odisea para esta timidez superada mía, una que no impidió que mis manos sudaran frío y una gota gélida recorriera mi espalda mientras te pregunto si ya te dieron el regalo de agradecimiento y me das una afirmación con la cabeza, mientras tu boca sonríe y tus ojos siguen igual de nublados que hace un instante.

Ninguno habrá imaginado entonces que sería ese el punto de partida, que desde ese cruce de palabras surgirían lágrimas, risas, más lágrimas, versos y está vida mía, segura de que no existirá otro Cristóbal en ella, y esa vida tuya, acompañada de una “ella” de quien te he prohibido decirme su nombre.